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Los bienes indivisibles

Al hilo del reparto de los bienes indivisibles suelen aparecer prácticas corruptas. En el mundo que vivimos, donde algunos bienes indivisibles lo son a escasa planetaria, las prácticas corruptas en un lugar del globo afectan a los humanos en cualquier otra parte. Uno de estos bienes indivisibles es la calidad del aire. La calidad del aire tiene dos dimensiones: la emisión de gases de «efecto invernadero» y la fijación de los gases al suelo. La emisión de gases a su vez se puede analizar en dos planos: los gases generados en la producción, no solamente de energía, sino de cualquier producto. Y la huella ecológica que generan las prácticas de consumo de los individuos, multiplicado por su número. La reducción de la emisión de gases se trata de reducir con «acuerdos internacionales» de escasa eficacia, porque los países que más gases generan no subscriben los acuerdos y/o los incumplen. No se ha introducido en el marco de la Organización Mundial del Comercio una tasa -en la misma línea de la tasa Tobin- en cualquier tipo de transacción que penalice las exportaciones procedentes de territorios donde se generan más gases de efecto invernadero por Km cuadrado de territorio. En cambio se alargan los períodos transitorios que permiten comprar «derechos de emisión», desincentivando la aceleración de la migración tecnológica hacia «tecnologías limpias», con el consecuente impacto no solamente en la calidad del aire sino en la eficiencia económica: la «destrucción creativa» de la que hablaba Schumpeter. «Destrucción creativa» llamada a crear nuevos empleos y «estandares de vida sostenibles» a escala planetaria. La huella ecológica, con independencia de los rudimentario de los procedimientos de cálculo, se enfoca como un asunto «moral», con una propuesta de «salvación por la pobreza». Esta idea, que tiene una larga tradición en el canon religioso cristiano, ha sido negada desde su primera formulación, no tanto en los escritos de Pablo de Tarso como, sobre todo, en la elaboración doctrinal de Agustín de Hipona y elevada a categoría teológica predicable de todos los fieles por la Reforma Protestante, donde, simplificando, el éxito en vida -no ser pobre- es la prueba de la elección divina y por tanto de la salvación. El comunismo se «limitó» a secularizar esta idea: si hay otros mundos, están en este. En el siglo XXI, en las Américas, especialmente en USA y Brasil, se ha instalado como «doctrina oficial de las elites» ciertas versiones baptistas y pentecostalistas que llevan a extremos esta negación, apalancando sobre el «despiste» de la Iglesia Católica que apenas consigue encontrar su lugar, consumida por las querellas internas que provocó la «teología de la liberación«, querellas que con dificultades el Papa Francisco está tratando de cerrar. En el Hemisferio norte, estas corrientes alimentan el negacionismo del cambio climático y se oponen a cualquier reforma que orientada a revertirlo. En el Hemisferio sur, estas mismas corrientes alimentan el derecho a apropiarse de tierras indígenas, con un método simple pero efectivo: quemar los bosques para transformar la Amazonia en sabana, en la cual ningún pueblo indígena, ni otras especies como los grandes gatos, pueden sobrevivir; esta transformación está mucho más cerca de lo que se pensaba. El objetivo es simple: ocupar las tierras con ganado domestico, para satisfacer una creciente demanda mundial de hamburguesas, uno de cuyos epicentros es, por supuesto, China. El año 2020 está siendo el año con mayor prevalencia de incendios en Brasil, según datos de la Nasa; la mayor parte de estos incendios se inician en propiedades privadas y se extienden desde estas, a tierras ajenas. Que se haya encargado al Ejercito de la tarea de «supervisar» el control de incendios, solo ha contribuido a empeorar la situación (los «valores castrenses» nunca son diferentes de los valores del Estado que los financia). Ante la magnitud del problema «esfuerzos» para promover la reforestación, como los protagonizados por IIASA, se quedan cortos (si se ponen en relación con la cantidad de árboles necesarios para fijar gases, ridículamente cortos). Por lo demás las certificaciones de bosques sostenibles son objeto de «otorgamiento no transparente», tal y como se ha demostrado a propósito del esquilmado de los hermosos bosques de los Cárpatos por IKEA, con la connivencia de funcionarios del Gobierno Ucraniano (nada sorprendente) y el FSE. La sede del FSE esta en Alemania. La corrupción, como serpiente, adopta formas diferentes en cada país.

El fenómeno de ocupación de tierras por métodos violentos, sobornando cuando sea necesario a las autoridades públicas, no es una invención brasileira. Se ha repetido en todos los lugares de la historia a medida que se incorporaban a los mercados nuevos territorios (en Europa por ejemplo adoptó la forma de privatización de las tierras y bosques comunales, especialmente bien estudiada en el caso británico). Lo que es «nuevo» es la escala, capaz de afectar a los equilibrios del clima y amenazar la vida no solo de los que sufren la violencia directa sino de otros que viven a miles de kilómetros.

Y aquí es donde entra otra clase de justificación moral. Dado que la huella ecológica en el hemisferio norte es mucho más alta que en el hemisferio sur (incluso controlando por población actual y futura, habida cuenta que la natalidad en el hemisferio sur es mucho más alta que en el norte) y que el hemisferio norte -el territorio del «hombre blanco»- ya ha realizado la deforestación masiva del espacio que ocupa ¿en base a qué criterios morales puede imponerse al sur la imposibilidad de continuar deforestando, sin que parezca una «versión renovada» de la colonización?. Y supuesto de que se encuentre esa justificación ¿de que modo se impone esa limitación?. Desde el punto de vista operativo, sancionar a los productores de carne implicados directa o indirectamente en los incendios no parece eficaz (porque las sanciones dependen del mismo Estado que «hace la vista gorda» sobre los incendios mismos). Situar el problema en las importaciones chinas aparte de hipócrita (todavía el consumo de carne per cápita es mayor en USA y Europa que en China) parece poco eficaz, sobre todo si tenemos en cuenta que cabe dentro de lo posible, que el Estado Chino consiga situarse en el liderazgo mundial de la reducción de gases de efecto invernadero y «economía verde». La «hipocresia» -no se si corrupción- que adorna a los «altos funcionarios» de la Unión Europea, tal y como pone de manifiesto lo que se ha filtrado sobre el Acuerdo con Mercosur ayuda más bien poco. No se como se pueden hacer unas propuestas para un mundo verde y negociar acuerdos que no las tienen en cuenta. Invitarnos a todos a reducir nuestro consumo de carne sufre de la paradoja de las medias -como es sabido la «gota» atacaba sobre todo a la aristocracia- y va contra los valores protestantes de éxito y la «indulgencia» católica. La solución operativa pasa por imponer sanciones globales sobre Brasil (sobre inversión extranjera, importaciones y exportaciones), con el acuerdo inexcusable de China, y forzar la innovación en la producción de carne. Algunas empresas españolas, que dicen hacer «business as unusual» en Brasil, entraran inevitablemente en el paquete. Otra cosa es que sea geopolíticamente posible. En gran medida, dependerá del resultado de las elecciones presidenciales en 2020 en la capital del Imperio.

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